Carta a mi ansiedad

Hola, guardiana ansiedad.

Quiero que sepas que no hace mucho que comprendí que lo que has estado haciendo todos estos años era con la intención de protegernos y por eso necesito hablar contigo.
Cuando aquel potro nos golpeó me ayudaste a sobrellevar el tiempo en el hospital y la recuperación de una manera excepcional, pero después decidiste que el mundo era un lugar peligroso para nosotras y sentimos que para evitar que nos volviese a suceder algo así debíamos estar alerta como preparadas para que aquella marca visible, que podía ser motivo de rechazo, no nos afectase. Yo me sentía un poco rota, defectuosa y muy vulnerable. Entonces tú te hiciste cargo y a mí me pareció bien. Al principio me sentía segura, eficiente y hasta fuerte, preparada para todo.

Con el tiempo construiste en mi mente una especie de túnel circular por el que cada situación pasaba una y otra vez en busca de cualquier escenario desfavorable posible y que acabó por convencernos de que prácticamente todo tenía la capacidad de hacernos daño. Durante una época creí firmemente que dejar de preocuparme llevaba al peligro y al caos.

Buscar sin parar soluciones a problemas que aún no habían pasado tratando de controlar lo incontrolable comenzó a afectarnos, empezamos a no reconocer lo bueno que teníamos delante, a evitarlo y a dudar de su autenticidad. Con tal de estar siempre listas para la adversidad perdimos la noción del tiempo y de la realidad. La energía empezó a agotarse y aunque nos esforzábamos por mostrarnos ilesas de cara al exterior, la alegría y la paz eran cada vez menos frecuentes.

Cuando me hablaron por primera vez de tu existencia empecé una lucha a muerte contra ti, te odié por no dejarme llevar una vida «normal» y como así no conseguía eliminarte terminé por tratarme con desprecio. Perdóname, esa no era la manera, al menos no la nuestra. A veces das miedo, pero ya no me pareces un monstruo.

Por fortuna, nuestra gran amiga Luisa me ha enseñado de nuevo cómo percibir el mundo contigo en calma. Con paciencia, me proporcionó recursos con los que te inactivé el tiempo suficiente para darme cuenta del error que estábamos cometiendo tú y yo. Sé que pasar a un segundo plano te preocupa en extremo (cómo no) y por eso noto que te resistes y revuelves en forma de angustia, iniciando algún ataque de pánico o a través del subconsciente con esas pesadillas que me aceleran el ritmo cardiaco y agarrotan mi cuello. Pero si te dejamos a un lado fue para que yo pudiese emerger, respirar un poco y darme cuenta de que ahora no es necesaria tu presencia.

A través de esta carta te quiero mostrar cómo al fin he aprendido a llegar a ti, a comunicarme contigo y tranquilizarte con mi propia voz, a hacerte entender por qué hoy tu función es otra.

¿Sabes que en determinadas circunstancias un caballo puede ser un animal en extremo asustadizo y en constante alerta? Fue la ansiedad del potro la que decidió golpearnos sin ser nosotras realmente un peligro, pero se lo parecimos. Te lo cuento así para que entiendas tu potencial. No me consideres un peligro por querer serenarte, confía en mí y dejemos de luchar entre nosotras. Sabré cuidarnos en el día a día como sé que tú lo harás en las situaciones que lo requieran. Ahora yo también confío en que solo vendrás cuando realmente te necesite. De verdad, nuestro mundo es un jaleo, pero no un lugar peligroso.

Has hecho muchas horas extra y ha sido agotador. No es culpa de nadie, el miedo nos marcó tanto que lo mantuvimos presente sin darnos cuenta de que ya habíamos conseguido sobrevivir a lo que lo produjo. Y ahora pensemos en todo lo que hemos logrado en estos años, a pesar de tanta confusión, en lo que tenemos y a quiénes tenemos a nuestro lado ¿No crees que sería maravilloso disfrutarlo?

Te mereces unas buenas vacaciones guardiana, nos las merecemos.

Gracias de corazón por lo bueno, lo malo ya lo he olvidado.

 Un abrazo. María.

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